¿Cómo vamos en la educación universitaria remota? Riesgo Moral: La presencialidad virtualizada (I)

Guillermo Pereyra

 

La educación universitaria remota se convirtió en la única modalidad de enseñanza a partir de abril del año pasado en nuestro país y como consecuencia del COVID 19. Lo mismo ocurrió en casi todos los países del mundo. Las recomendaciones de la OMS fueron muy claras para evitar la propagación del contagio: las actividades permitidas exigían, espacios abiertos, sin aglomeraciones y con distanciamiento social. Y estas tres son las características del aula de clases universitaria: espacio cerrado, aglomeración y distanciamiento social menor a un metro.

En consecuencia, la clase presencial tenía que desaparecer por razones extraordinarias y ser sustituida por la educación remota. La mayor parte de universidades inició las actividades programadas para marzo en el mes de junio. A la fecha, agosto 2021, se han  culminado, o están por culminar, tres semestres académicos bajo este formato. La emergencia sanitaria se ha extendido hasta marzo del 2022 y la educación universitaria remota debe haber completado cuatro semestres, el 40% de los estudios de formación profesional¡

Durante la educación universitaria remota se han realizado, al menos, dos nuevos ingresos de estudiantes a las universidades. Ellos ingresaron a una universidad con educación remota; ninguno ha tenido nunca una clase presencial. Algunos de ellos han estudiado tres semestres en modalidad remota.

¿Cuáles son los resultados? No los conocemos y no hay estadísticas oficiales suficientes. Se presume que la deserción se ha incrementado, especialmente en la universidad privada. Debe haberse incrementado la tasa de repitencia y debe haber  crecido la población estudiantil en riesgo académico (los que han perdido el mismo curso tres veces). ¿Y la calidad de la enseñanza?

El Aula Virtual

Pero ¿qué es la educación universitaria remota? Me temo que la mejor definición es la peor definición. Se trata de la virtualización de la presencialidadad. Un colega me lo explicó luego de una charla de “capacitación”: “Yo no me hago ningún problema, he colgado una pizarra y voy a dictar mi clase como siempre, pero mirando a la cámara de la computadora“.

La videoconferencia en tiempo real se ha convertido en el sustituto imperfecto de la clase presencial y se quiere vender como educación virtual, remota o a distancia. Lamentablemente no es así. He tenido la oportunidad de participar en varios eventos, algunos organizados por el MINEDU, otros por la PUCP, la UP y por UTEC y otros por la UNED y la Universidad Católica de Ávila, en España y por el Tecnológico de México. Todos estos eventos se han dirigido a un auditorio de docentes universitarios con el objetivo de mejorar la calidad de la enseñanza remota, mediante actividades sincrónicas y asincrónicas. Y en todas ellas se han presentado las herramientas digitales para cada tipo de actividades. 

Pero pienso que en ninguno de los casos se ha logrado demostrar que las clases remotas han ido más allá de la virtualización de la presencialidad.

Una gran cantidad de dinero público se ha invertido para esto y se sigue invirtiendo. Después de terminado un semestre se presentan cursos de “capacitación”. Ya todos los docentes deberíamos poder implementar clases virtuales. Pero sigo temiendo que todo sigue siendo la virtualización de la presencialidad.

El riesgo moral

 

¿Existen incentivos suficientes para que el docente realice actividades sincrónicas y asincrónicas? En el período pre COVID19 la carga lectiva docente es el número de horas de clase presenciales. Las universidades cuentan con los sistemas de registro adecuados para estimar cuántas horas de la carga lectiva se han cumplido efectivamente. Con la educación remota, es la misma carga lectiva presencial, la que ahora se tiene que realizar mediante videoconferencias en tiempo real. Esa carga lectiva presencial que ahora es carga lectiva mediante videoconferencias, se distribuye en sesiones de clase a lo largo de la semana, tal como se realizaba en el período pre pandemia. Esto significa que el docente tiene que estar frente a una pantalla 2, 3, 4 o 5 horas diarias en un día, lo que afecta su desempeño y afecta su salud, particularmente su salud visual. Y otro tanto ocurre con los estudiantes. Bajo estas condiciones queda claro que la clase presencial no puede ser sustituída por la videoconferencia de tiempo real en una relación 1/1. Y esto genera el incentivo perverso para que se suscriba un contrato con la mediocridad: el profesor hace como que enseña y el estudiante hace como que aprende. Una video conferencia de una duración “presencial” de dos horas se puede convertir en una hora. El tiempo de trabajo docente se puede ajustar hasta equilibrarse en términos de costo-beneficio. La evidencia de la clase es la grabación pero el tiempo de grabación no tiene por qué ser igual al tiempo de clase presencial.

De otro lado, la carga no lectiva del período pre pandemia  no se convierte necesariamente en actividades asincrónicas. Esa carga no lectiva sí se puede convertir en actividades de soporte a la videoconferencia. De esta manera, en conjunto, la carga lectiva, ahora virtualizada y la carga no lectiva, no suman necesariamente la carga docente.

Y esto ocurre porque la educación universitaria remota no debe ser la virtualización de la presencialidad.

(continuará)