En el caso de empresas con poder de mercado, específicamente bajo el modelo de monopolio, la discriminación de precios es un método muy utilizado para incrementar el beneficio. Frente al modelo de monopolio de precio único, la fijación de los precios de demanda aumenta el beneficio porque disminuye o elimina el excedente del consumidor. Los distintos métodos de discriminación de precios se diferencian, precisamente, en los distintos grados en que logran el objetivo de absorver el excedente del consumidor.
La forma perfecta de discriminar precios consiste en la fijación exacta del precio de demanda para todos los consumidores. Mientras bajo el modelo de monopolio de precio único, el monopolista fija el nivel de producción allí donde el ingreso marginal es igual al costo marginal, y fija el precio de demanda para ese nivel de producción, siempre se va a encontrar con precios de demanda mayores y, en consecuencia, con la presencia de excedentes de los consumidores. Por el contrario, si el monopolista puede fijar el precio de demanda, puede cobrar dicho precio por cada unidad y convertir la función de demanda en función de ingreso marginal. Y como maximiza beneficios igualando el ingreso marginal con el costo marginal, puede llevar laj producción y la venta hasta el nivel donde el ingreso marginal es igual al costo marginal.
Lo curioso de esta solución, es que la producción del monopolista se incrementa hasta el nivel equivalente al de la industria competitiva. Esto es así porque el monopolista vende la última unidad al precio de demanda ( ahora convertida en curva de ingreso marginal) allí donde es igual al costo marginal, que viene a ser el punto de equilibrio del mercado competitivo.
En consecuencia, en términos de la magnitud de bienestar que se logra en el mercado, esta magnitud es la misma bajo un mercado competitivo que bajo un mercado monopólico con discriminación perfecta de precios.
Pero no siempre es posible practicar la discriminación perfecta de precios. Para llevarla a la práctica es necesario conocer cada uno de los precios de demanda que corresponden a cada uno de los consumidores. Y esto no ocurre a menudo. Tal vez por eso se llama perfecta, como ideal, como deseable pero inalcanzable. Sin embargo existe.
Veamos algunos ejemplos de discriminación de precios. Aquellos que se pueden encontrar en los manuales universitarios. El Prof
esor Pindyck por ejemplo, describe el caso del vendedor comisionista de automóviles. El precio de lista del fabricante o distribuidor mayorista, es el precio que le permite obtener una comisión, digamos del 15%. Si vende un auto por 100 gana 15. El vendedor está autorizado a vender a cualquier precio siempre que el fabricante o distribuidor mayorista cobre el 85% del precio de lista. En consecuencia el vendedor puede vender al precio de lista ganando el 15% o venderlo con un descuento del 15% ganando cero nuevos soles. Si tiene la capacidad de identificar los precios de demanda de sus clientes potenciales, puede practicar la discriminación perfecta de precios. Unos le pagaran el 100 % del precio de lista, otros el 99, otros el 98, etc.
El ejemplo vale igual para los precios de venta de los fabricantes frente a sus distribuidores mayoristas. Un fabricante no tiene muchos distribuidores mayoristas y puede llegar a conocer a cada uno de ellos y pronosticar sus precios de demanda.
A mi me gusta poner como ejemplo de la práctica de la discriminación de precios perfecta, al Dr. Chapatín. El Dr. Chapatín es uno de los personajes de Roberto Gómez Bolaños. Es un médico de barrio muy viejito. El Dr. Chapatín ha atendido a más de tres generaciones de pacientes. Puede haber atendido a un paciente, al hijo, al hijo del hijo y, tal vez, hasta al hijo del hijo del hijo. De tal manera que apenas ve ingresar a su consultorio a un paciente, lo reconoce y tiene una idea de cuánto le puede cobrar. Eso es la discriminación perfecta de precios.
Pero acabo de conocer una situación patética que ilustra bien la discriminación perfecta de precios.
Estaba haciendo zapping hasta que llegué al canal Tru TV y me llamó la atención un programa. Se trataba de una serie documental sobre intervenciones de la policía en ciertas ciudades de latinoamerica. El programa se concentró en la situación de los niños extremadamente pobres en Argentina. Específicamente en el trabajo infantil urbano en Buenos Aires y de como los niños estaban expuestos a las drogas, a la perversión sexual, a la violencia. Las madres de estos niños tenían muchos hijos, 10, 15 hijos. Y los niños salían a la calle a trabajar para llevar el alimento a casa. El programa me apenó mucho. Mostraba una Argentina desconocida para mí. No era la Argentina del bife inmenso en cada plato de cada hogar. Era una Argentina atravesada por una crisis que condenaba a una parte significativa de su población a la pobreza y a la pobreza extrema. Y que ponía a los niños en situación de peligro permanente.
Los niños pobres que trabajan en Argentina trabajan en los mismos oficios que los niños pobres en el resto de ciudades latinoamericanas. Limpiando las lunas de los carros, lustrando zapatos, vendiendo caramelos, etc. Lo que me llamó poderosamente la atención, es que en este programa se mostraba un nuevo empleo que habían descubierto los niños. Una estrategia se sobrevivencia que,ojalá no se exporte a otras ciudades. No me gustaría verla aquí en el Callao o en cualquier otra ciudad de mi Perú.
Les describo lo que ví en la televisión. Los niños, tres o cuatro, de 7 a 10 años, suben al metro de Buenos Aires, recorren todos los vagones y se dirigen a los pasajeros que están leyendo el periódico del día o tienen el periódico del día. "Sería Ud. tan amable de darnos su periódico", le dicen a los pasajeros en tono muy educado. La mayoría acepta y les entrega el periódico. La probabilidad de éxito en esta parte del trabajo es muy elevada. Si estoy leyendo o ya leí el periódico y un niño humilde me lo pide, es probable que se lo obsequie. El precio de un periódico diario representa muy poco del ingreso de un pasajero del metro.
Luego los niños bajan del metro y se reúnen para ordenar los periódicos recolectados. Son periódicos del día y están, la mayor parte de ellos, en muy buenas condiciones. Los periódicos, bien apilados y ordenados, se los distribuyen entre ellos y suben nuevamente al metro a ofrecerlos a los pasajeros a un precio muy original. Los niños ofrecen "El Clarin, El Clarín, su voluntad, su voluntad", "La Nación, La Nación, su voluntad, su voluntad". Y la gente les compra el periódico por un precio igual o menor al precio de mercado del periódico. Nadie compra el periódico a un precio cero.
¿No es este un patético ejemplo de discriminación perfecta de precios? El costo marginal es cero o cerca de cero (los costos de adquirir el periódico). La demanda del mercado son los pasajeros que no compran el periódico pero están dispuestos a comprar el periódico del día a un precio menor al precio del mercado. Los pasajeros m
ás pobres pagan menos, los menos pobres pagan más. Los niños venden a un precio mayor al costo medio. Los compradores compran a un precio menor al precio de mercado. Todos ganan. Los niños no le venden el periódico a cualquiera. Han aprendido a intuir el precio de demanda. Saben qué pasajero paga más y qué pasajero paga menos.
Estos niños pobres de la ciudad de Buenos Aires son monopolistas discriminadores perfectos de precios. Patético, pero cierto.